A mediados de Octubre de 2009, Abel Resino estaba pendiendo de la cuerda floja tras unos resultados espantosos tanto en liga como en Champions League. La chispa de tener un entrenador de la casa, un mítico, un conocedor del sentimiento atlético, se apagaba.
Cada partido era una agonía y ya eran varios los nombres que rondaban por la cabeza de los atléticos, de los (supuestamente) diarios deportivos del país y de la directiva del club.
Cholo Simeone, Quique Sánchez-Flores, Juande Ramos e incluso Michael Laudrup, entre otros, eran los que más sonaban. De todos ellos, el más querido por la afición era el gran Simeone, figura e ídolo hasta los días de hoy en la parroquia colchonera. Por la prensa y directiva, el danés Laudrup.
Tras el "no" forzado del Cholo, ya que era entrenador de San Lorenzo de Almagro, y la ruptura de negociaciones con el elegante ex-futbolista danés, se le ofreció Quique la oportunidad de comandar un proyecto que iba cuesta abajo y sin frenos, un proyecto que iba a la deriva, sin rumbo alguno.
Todos los domingos y miércoles que iba yo al calderón, oía: "Pufff..., Quique Sánchez-Flores". O "Yo no quiero a Quique", con el ya más que conocido y equivocado (véase Reyes, véase Jurado) "¡Vikingos NO!".
Quique firmó por una temporada ante el escepticismo reinante en la ribera del Manzanares y no tardaron en llegar los resultados.
Quique confió en la cantera. Álvaro Domínguez pasó de ser tercer defensa (por detrás de Perea o Juanito) a ser titular indiscutible. Hizo debutar a David de Gea y le mantuvo incluso recuperado Sergio Asenjo de la lesión que le había apartado durante unas semanas de la portería. Y quizás su logro más importante en cuanto a cambios internos: el resurgir de José Antonio Reyes. El utrerano ya ha demostrado en más de una ocasión su eterno agradecimiento al técnico madrileño, quien le hizo volver a creer, quien le hizo volver a sentirse futbolista, quien le hizo ser capaz de cambiar insultos por ovaciones. Quique confió desde el primer día en él y hoy día es una de las piezas claves del equipo y uno de los más queridos por la afición.
Quique supo hacer creer a los jugadores hasta tal punto, que en su primer partido importante y con tiempo para prepararlo, la vuelta de Copa del Rey contra el Recreativo de Huelva, consiguió ese 5-1 que clasificó a los colchoneros para siguiente ronda y que a la postre sería uno de los partidos que nos llevó a la mágica noche de la final de Barcelona, de la que hablaremos en otra ocasión.
Asentó al equipo en la zona media de la tabla, lejos de las pretensiones de Champions, pero lejos también del temido descenso con el que se especulaba solo un mes antes.
Quique era consciente de las limitaciones que suponía mantenerse en las tres competiciones.
Pasito a pasito, Quique impuso un aspecto diferente al equipo. Sintonizó al equipo con la afición más que nunca y poco a poco fue avanzando en Europa League y en Copa del Rey.
Y ahí teníamos al Atlético de Madrid, jugando contra el Liverpool las semifinales de la segunda (y tan orgulloso de ello) competición europea. Y ahí teníamos al Atlético de Madrid, vapuleando al Racing de Santander para alcanzar la final contra el Sevilla. Y detrás de todo estaba Quique. Él nunca dejó de creer en el equipo y mantuvo la cabeza de los chicos alta, embargando el ambiente de un sentimiento único.
Quique ya era un ídolo. Quique ya era uno más en la familia atlética. Porque a todos se nos pone la piel de gallina al recordar, tras la final de Hamburgo, a Quique dirigiéndose a la afición, exultante, con los ojos entre lágrimas, señalando la Copa mientras gritaba "¡Ésta es vuestra! ¡Os pertenece! ¡La cabeza alta!". Increíble. Una semana después llegó la derrota contra el Sevilla, aunque en el feudo blaugrana parecía que el Atlético era el campeón. La familia colchonera estaba más unida que nunca en los últimos años y todo gracias al trabajo de un entrenador con sus jugadores y a la unión en sangre con su afición.
Quique renovó por méritos propios y solo tres meses después, el equipo se coronó supercampeón de Europa.
Quique ha devuelto al Atlético de Madrid al lugar que merece. Por historia, por tradición, por jugadores, por afición. Gracias Quique.